lunes, 24 de enero de 2011

¿Qué significa ser Instructor?


No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta que esta es, quizá, la pregunta más común entre nuestros Instructores. Aunque muchos no llegan a formularla verbalmente, la inquietud por cumplir cabalmente con el ministerio ocupa la mente y el corazón de prácticamente todo instructor.

La Palabra de Dios nos da la respuesta, al mismo tiempo que nos invita a participar en todos los aspectos del ministerio de la enseñanza. Ser instructor significa, ante todo, tener un llamamiento definido por parte de Dios. Es imposible ser instructor de alguno de los grupos que integran la iglesia del Señor, si no se ha recibido un llamado claro y personal de parte de Dios. Esto se debe a que la tarea de enseñar a la iglesia es de tal envergadura que rebasa los límites de lo humano para ubicarse en la frontera de la colaboración estrecha entre el Espíritu de Dios y el instructor.

Este llamamiento es, en primer lugar, un llamado a enseñar, puede ser al grupo de cuna, de prepárvulos, primarios, secundarios, intermedios, jóvenes, adultos o alumnos de algún instituto. La pregunta es: ¿Qué es enseñar? Conforme al Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, enseñar es instruir, adiestrar, educar, mostrar el camino, preparar; veamos cada uno de estos puntos.

Decimos que enseñar es instruir porque incluye la tarea de adoctrinar, o sea, de comunicar sistemáticamente ideas, conocimientos o doctrinas. Esto conlleva la necesidad de dar a conocer e informar. Lo que el instructor hace es comunicar sistemáticamente el conocimiento del único Dios verdadero, de su voluntad y del único camino a la vida eterna. Esto lo hace promoviendo y orientando al alumno en el estudio de las Sagradas Escrituras. Cabe hacer notar que el adverbio 'sistemáticamente' indica que la tarea de instruir no es esporádica, sino constante, ordenada, secuenciada y metódica, de modo que active el proceso de aprendizaje de los alumnos.

Y aquí dos preguntas que subyacen a todo el quehacer docente a lo largo de la vida del instructor: ¿Cómo puedo hacer para que mis alumnos aprendan más? ¿Qué necesitan ellos para aprender mejor? Es esta inquietud la que impulsa al verdadero instructor a actualizarse, a estudiar y a probar nuevas técnicas para dar su clase, a introducir materiales diferentes y a lograr así la variedad y la calidad que nuestro ministerio exige. De modo que ser Instructor no significa tener todas las respuestas, sino más bien, tener en la mente siempre vigentes estas y otras preguntas.

Enseñar también es adiestrar. Adiestrar es hacer diestro, guiar, encaminar. Para llegar a ser diestro en alguna actividad o tarea se requiere haber entrenado y practicado exhaustivamente una serie de conocimientos. La tarea del instructor es precisamente llevar a sus alumnos a la práctica constante de los conocimientos bíblicos adquiridos dentro y fuera de la clase. Aquí una pregunta más para la reflexión del instructor: ¿Cómo pueden mis alumnos practicar esto que han aprendido hoy?

Por otro lado, enseñar es educar. Educar es dirigir, encaminar, desarrollar y perfeccionar las facultades intelectuales y morales del alumno por medio de preceptos, actividades y ejemplos. Educar también es perfeccionar y afinar los sentidos. En este punto nos ubicamos en la doble labor del instructor: por un lado contribuir al desarrollo de los procesos mentales relacionados con el aprendizaje y, por el otro, perfeccionar el espíritu del alumno. Es tarea del instructor promover, activar, detonar procesos mentales tales como la clasificación, la jerarquización, el análisis, la síntesis y la discriminación en relación con el estudio de las Sagradas Escrituras. Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó que Dios requiere de nosotros que lo amemos con "toda nuestra mente", es decir, que usemos las facultades intelectuales que el mismo Dios nos dio para aprender acerca de ÉL Aquí es precisamente donde se ubica el uso de ejercicios y actividades de aprendizaje para la enseñanza de la sana doctrina. Ejercicios, ya sean escritos u orales, bien diseñados, que verdaderamente impulsen al alumno a cuestionarse, a analizar, a clasificar, a discriminar, a jerarquizar y a identificar conceptos de la Palabra de Dios; estos contribuven al desarrollo intelectual del alumno. Nuestra labor principal es lograr que el alumno sea perfecto en el conocimiento de la Sagrada Escritura. Entendiendo por 'perfecto' que esté enteramente preparado para toda buena obra y para presentar defensa del evangelio en cualquier momento en que sea necesario. Esto solamente lo lograremos si a la oración de intercesión constante, añadimos una forma de enseñar que realmente promueva el desarrollo de las facultades intelectuales del alumno.

En cuanto al perfeccionamiento del espíritu del alumno, la Palabra del Señor enseña que esta es una labor de colaboración entre el Espíritu Santo y el instructor (Ef. 4:13 - 14). Es verdad que el Espíritu Santo es el único que puede llevarnos a la estatura del varón perfecto, pero es igualmente verdad que el instrumento que el mismo Espíritu escogió para realizar ese proceso de perfeccionamiento es el instructor. Por eso es que no podernos aspirar a nada menos que a la perfección con cada clase que proponemos a los alumnos; nuestra meta es que todos nuestros alumnos lleguen "a la estatura del varón perfecto" y tengan "la mente de Cristo". También se dijo que enseñar es mostrar el camino, encaminar, conducir, orientar. En este punto nos detenemos a considerar cuál es el papel del instructor en la clase. En la enseñanza tradicionalista, el papel del instructor es el de enseñar, entendiendo 'enseñar' como sinónimo de 'transmitir conocimientos.' Esa es la razón por la que muchos instructores se paran frente a los alumnos por una hora o más para hablar de lo que ellos solos han estudiado y comprendido. Pero tenemos que cobrar conciencia de que hablar NO necesariamente es sinónimo de comunicar, ni de transmitir. El solo hecho de que una persona se pare y hable no garantiza que los oyentes realmente lo entiendan, menos aún aprendan y mu dio menos aún asimilen, lo que él dice. Enseñar no es, ni ha podido ser jamás, la transmisión verbal de los conocimientos, porque para que la acción de enseñar realmente suceda es indispensable que alguien más, aparte del sujeto, aprenda. Y aprender es adquirir la imagen mental del objeto de estudio. El instructor que realmente quiere enseñar necesita ocuparse principalmente de aportar los medios necesarios e idóneos para que el alumno aprehenda en su mente la imagen clara del objeto de estudio. En nuestro caso, en que el objeto de estudio es la Palabra de Dios, la labor del instructor consiste en llevar a la clase los materiales y las actividades adecuadas para que el alumno conozca y se apodere, adquiera, el conocimiento de la Palabra santa. El papel del instructor entonces es el de alentador del proceso de aprendizaje del alumno.

En una última acepción, enseñar es preparar, prevenir, disponer y aparejar una cosa para que sirva a un efecto determinado. Disponer a una persona para una acción que ha de seguir. La labor del instructor incluye también la preparación del ánimo del alumno para servir a Dios. Un buen instructor inspira al servicio a Dios; sus alumnos quieren ser como él (ella). A su ejemplo, el instructor añade la invitación continua a sus alumnos para que sirvan al Señor por amor, por gratitud, por fidelidad. Simultáneamente, él (ella) comparte con ellos el placer que produce servir al Rey de reyes: les hace saber tanto las alegrías como los sinsabores que acarrea el ejercicio de un ministerio y les relata las victorias alcanzadas en la oración y el trabajo.

Todas estas labores demandan un trabajo continuo y constante. NO es como la labor del sembrador, que puede pasar y seguir de largo. Tampoco es como la labor del diácono, que se limita a mantener la disciplina y el orden de la iglesia. La labor del que enseña es continua, como la de los padres en la educación de sus hijos, cada día, por muy largos periodos de tiempo. Silenciosa, humilde, puede pasar desapercibida, pero sus frutos dan testimonio de ella.

El llamamiento de Dios que El hace a algunos de sus hijos para que enseñen a la iglesia incluye tres elementos:
1. La revelación de la Palabra de Dios, tanto para vivirla, como para enseñarla: ICo. 11: 23; 2:12-11,16. El llamamiento a enseñar es, primeramente, un llamado a ser discípulo de Cristo. Nosotros somos discípulos de Cristo y hemos entrado a su escuela mediante una plena consagración a Dios. Vinimos a ser miembros del cuerpo de Cristo cuando lo aceptamos como nuestro suficiente Salvador, somos sus discípulos cuando aceptamos la disciplina del cuerpo de Cristo, que no puede soportarse ni vivirse sino renunciando a uno mismo. El mismo Señor nos santifica y nos libra de nuestros pecados continuamente si somos fieles a nuestros votos de consagración a Él. Ahora que hemos muerto a nuestros pecados y que vivimos honrando nuestros votos de consagración a Dios, somos capaces de oír la voz de Dios y comprender lo que Él quiere para nosotros y para el grupo que Él nos ha encomendado.

2. El ánimo pronto para enseñar debido a que la obra del Espíritu Santo es una realidad constante en nuestras vidas: 2P. 1:8. Así como aprendemos, también enseñamos continuamente: ICo. 12:28. Como el manantial de agua que fluye y no se estanca: "Mi copa está rebosando..."

3. La capacitación del Espíritu para enseñar; Él nos aporta los elementos, Él nos da las experiencias y conocimientos necesarios, Él pone la ocasión y cuando ésta llega, estamos plenamente preparados. Es el soplo del Espíritu Santo el que nos ayuda a hacer las cosas no como a nosotros nos parece mejor, sino como Él ha dispuesto en su eterna omnisciencia.

En segundo lugar, ser instructor significa tener el llamamiento de Dios para cuidar a una parte del rebaño. Somos instructores: cuidamos una parte del rebaño. En esto la labor del instructor se asemeja a la del pastor, solo que su atención es hacia una parte del rebaño. Como instructores, enseñamos, guiamos, alimentamos. La labor del instructor no se limita a enseñar; hemos sido llamados a cuidar de un grupo de ovejas. Este cuidado incluye darles una atención especializada a sus características: edad, escolaridad, género. Para ello se requiere que nos preparemos estudiando e investigando acerca de ellos.

Nuestro cuidado de una parte del rebaño incluye darles una atención personalizada: visitar a nuestros alumnos en sus hogares cuando están enfermos o en necesidad, pedir la asistencia pastoral cuando la ocasión así lo amerite, orientar en los momentos de confusión.

Nuestro cuidado de una parte del rebaño incluye una profunda y constante intercesión por cada oveja o cordero que Dios nos ha encomendado. Asimismo es nuestra labor darles buen alimento espiritual e intelectual.

En tercer lugar, ser instructor significa tener un llamamiento de Dios que nos mueve a sujetarnos a nuestros superiores. El orden divino es: 1Co. 15:27-28; 1R 3:22. Cristo es el Señor de la creación y la cabeza de la iglesia. Todo está sujeto a Él y Él mismo se sujeta al Padre. Como instructores nos sujetamos a la Palabra santa, la cual nos ha sido revelada y nos es revelada por el Espíritu Santo cada día: Fil. 2:16.

Como instructores de parte de Dios, nos sujetamos a nuestros pastores: He. 13:17. El varón de Dios es el que empuña la antorcha, el pastor es el que lleva la delantera, los instructores somos llamas en su antorcha. Tenemos el mismo propósito, compartimos la misma visión, anhelamos las mismas metas en Dios. Nosotros somos ayuda idónea que Dios da al pastor o ministra en su ministerio.
Como instructores sabemos humillarnos bajo la poderosa mano de Dios y nos sujetamos los más jóvenes a los mayores: 1P. 5: 5-6. Y también sabemos someternos unos a otros: Ef. 5:21. Nuestra sujeción es fuente de bendición para todos.

Ser instructor significa tener el llamamiento de Dios para ser un miembro más del cuerpo docente de la iglesia. El cuerpo docente es el que se encarga de la docencia, es decir, de la enseñanza. Aunque somos muchos instructores, todos somos miembros de un mismo cuerpo porque Dios lo quiso así: 1Co. 12:11-14,18. Cada uno alaba a Dios de una forma en la que es más excelente que el resto y esto resulta en el bien común para la gloria a Dios.
Por Yadira Hernández de Juárez [Nueva Raza Octubre-Diciembre 2004]


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada